Los dos caminos

El hombre tiene en el mundo dos opciones: o vivir solo, encastillado en su interés, en sus afectos personales, en su egoísmo, en sus negocios, en sus proyectos; o dejarse penetrar por el sentimiento de la fraternidad humana. Dejar entrar la dolorosa y, al mismo tiempo, apaciguante emoción de la compasión y de la responsabilidad del destino de los demás.

La primera actitud, la del hombre solo y egoísta, es más cómoda, pero a la larga resulta tremendamente monótona e infecunda y profundamente triste. La otra actitud, que es la cristiana, incomoda nuestra vida, rompe nuestra frivolidad; pero da una cosecha de alegría interior, de paz y de satisfacción, al saber que estamos haciendo algo bello y difícil en la vida.

El cristiano verdadero, el que sigue a Cristo y al Nuevo Testamento, debe seguir el segundo camino: el camino de incomodarse; el camino de participar de la lucha y de los dolores ajenos; el camino que lleva a visitar a los pobres abandonados, sea en sus casuchas, sea en sus camas solitarias de los hospitales; el camino de abrir escuelas gratuitas o de pagar becas a los niños pobres.

Este camino difícil, si es el de los cristianos, con mayor razón debe ser el de los sacerdotes. El sacerdote debe estar con los pobres, porque si él no está con ellos, ¿quién estará con ellos?

La inmensa olla silenciosa de la pobreza y de la miseria, los miles de hogares que se debaten sin esperanza de techo propio o de educación para sus hijos deben hacerse oír por alguien y, ante todo, por la boca del sacerdote.

Es verdad que, en esa lucha, casi siempre se sale derrotado; pero hay un consuelo para la derrota de los cristianos en su lucha por el bien: y es que Jesucristo humanamente también salió derrotado en su tiempo.

El cristiano que se interna en la lucha por el bien debe saber que ese honor y esa satisfacción se compran caros y que en ciertos momentos se sentirá ahogado e impotente ante la magnitud de su empeño. En la vida de todo cristiano, como en la vida de Cristo, siempre se cierne la sombra de la cruz.

Pero la vida del verdadero cristiano, es decir, del que lucha por el bien, no es una tragedia griega que termina fatalmente en un destino oscuro y abrumador, sino una divina agonía en que, a pesar de las incidencias de la lucha, siempre se sale ganando, ya que Dios respeta nuestra intención.


(Libro: García Herreros, Rafael, «Hermano de los hombres»,
Colección Obras Completas No. 30, Centro Carismático Minuto de Dios, Bogotá, 2013)

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